Los cuentos de Las invitadas -publicado originariamente en 1961- son una ventana abierta a un mundo familiar y perturbador a la vez, donde la realidad más prosaica se desliza sutilmente hacia la irrealidad o hacia esa zona de lo real que pertenece a lo desconocido. Entremezclada con las frases donde relampaguea un humor rebelde, la ambigüedad está acentuada por la mirada inocente que la autora parece arrojar sobre los objetos y las personas que la rodean, como si los contemplara por primera vez. O como si los creara por el solo hecho de nombrarlos. En el cuento que da título al libro, el pequeño Lucio mantiene encuentros clandestinos con siete misteriosas invitadas que representan los siete pecados capitales. En "El diario de Porfiria", una romántica institutriz inglesa es sometida a una perturbadora metamorfosis. Cuarenta niños sordomudos, tras un accidente aéreo, se arrojan al abismo, provistos de alas, y desaparecen en el cielo. Con estos relatos únicos en la literatura argentina del siglo XX, la imaginación rigurosa e incansable de Silvina Ocampo logra "mostrarnos el cielo para precipitarnos en el infierno".
Y así sucesivamente, publicado por primera vez en España en 1987, inauguró la última etapa de la obra de Silvina Ocampo con una prodigiosa exhibición de vitalidad literaria. Lejos de todo ideal de serenidad, de madurez apacible o desencantada, el "estilo tardío" de la autora renovó su pacto con el arte narrativo y la magia para crear ficciones cada vez más insólitas, más poéticas, más experimentales. Por eso no es casual que incluyera en este libro dos cuentos publicados en la revista Sur en 1938 (y nunca antes recogidos en volumen), como si hubiese descubierto, pasados los ochenta años, que aún tenía toda su juventud por delante. Porque sólo una imaginación soberana, invulnerable al desgaste gradual que impone la experiencia, podía inventar con tanta soltura un niño prodigio que toca con el dedo gordo del pie, en un piano desafinado, obras de grandes compositores inspiradas en el agua; una mujer que se transforma en automóvil; una estatua ecuestre que ejecuta una venganza; un jardinero que echa raíces, literalmente, en la tierra; o un perro enamorado de un trapo de piso. Estos son algunos de los personajes que pueblan Y así sucesivamente, uno de los libros más deslumbrantes de una escritora que mantuvo, a lo largo de su vida y de su obra, una discreta convivencia con los milagros.
El retorno de Charles Ryder a Brideshead ―la elegante mansión de lord Marchmain, convertida ahora en cuartel― devuelve a su memoria aquellos tiempos, anteriores a la guerra, en que paseaba embelesado por sus hermosos jardines y salones y se dejaba sucumbir al hechizo de sus singulares habitantes. En realidad, nunca pudoCharles librarse de su ambigua amistad con el inquietoSebastian, ni de su obsesivo amor por la hermana de éste,lady Julia, ni de la oscura y contradictoria fatalidad que dejó marcada para siempre la atribulada vida de losMarchmain con su huella de drama y desvarío.
Retorno a Brideshead, una de las novelas más importantes de la aclamada obra del célebre escritor inglés, fue motivo de una espléndida serie televisiva, interpretada entre otros, por Laurence Olivier, Claire Bloom y Stépahne Audran, que obtuvo un enorme éxito mundial.
Un auténtico poeta o, por decirlo al estilo antillano, un auténtico maestro de lo maravilloso. Ha logrado inscribir en el mapa existencial del hombre lo que hasta entonces no figuraba en él: los límites casi inaccesibles del erotismo feliz e ingenuo, los límites casi imposibles de una sexualidad tan desenfrenada como paradisíaca.
Año 1014. Tras derrotar a los búlgaros en la batalla de Klyuch, el emperador bizantino Basilio II ordena arrancar los ojos de los quince mil soldados del ejército enemigo, dejando tuerto a uno de cada cien hombres para que guíen a los ciegos de regreso a casa. Durante semanas, una columna de desarrapados recorre a tientas el largo camino hasta la capital búlgara, donde los recibe el zar Samuel, que ante el terrible espectáculo de sus hombres humillados, cae fulminado por la pena. Lo sucede en el trono su hijo Gavril, heredero de un imperio amenazado que deberá defender haciendo uso de la astucia para elevar la moral del pueblo después de la última derrota. Murallas afuera, los enemigos acechan, mientras en las calles de la ciudad los soldados intentan retomar sus vidas. Hay quien se esconde y guarda silencio, está el que descubre que sus manos pueden sustituir a la vista, algunos temen parecer monstruos y no falta aquel que hace un buen negocio vendiendo preciosas cuentas de cerámica que simulan ser ojos. Y entre todos ellos hay un escriba invidente que, incapacitado para copiar lo que ya fue escrito, vuelca en el pergamino una historia que crece en él: la de los quince mil ciegos y su inesperada revancha.
Historia, inventiva y poesía confluyen en este magnífico retablo inspirado en las crónicas medievales y en uno de los episodios más crueles de las guerras bizantinas. El ejército ciego nos habla, con deliciosa ironía e ingenio, sobre las narrativas del pasado y sobre cómo el testimonio de los vencidos desaparece fácilmente en el olvido.
Los artículos de Anatole France, aparecidos a lo largo de su colaboración como crítico para el prestigioso diario Le Temps, entre 1886 y 1893, van mucho más allá de lo que hoy día entendemos por crítica literaria: abordan todos los campos del saber, hasta el punto de que el propio France se refiere a ellos como una «historia de la mente humana» o una «historia intelectual del hombre». Honoré de Balzac, George Sand, Gustave Flaubert, Guy de Maupassant, Charles Baudelaire, Paul Verlaine, Pierre Loti… son algunos de los nombres que los protagonizan y de cuya mano France nos introduce en los cenáculos parisinos de su época, en una apuesta por el poder evocador de la literatura. Esta edición ofrece una selección de los textos reunidos en su día en varios volúmenes bajo el título de «La vida literaria».