Con apenas veinte años, Emma Blair se casa con Jesse, su gran amor de juventud, y juntos construyen la vida aventurera que siempre han deseado. Emma como escritora de viajes freelance y Jesse como ayudante de producción de documentales sobre naturaleza. Los dos son muy felices, exprimen la vida al máximo y aprovechan cada oportunidad que se les presenta para viajar por el mundo.
Sin embargo, en su primer aniversario de bodas, el helicóptero en el que viajaba Jesse desaparece en el Pacífico, sumiendo a Emma en la más absoluta desesperación. En un intento por recomponer su vida, Emma regresa a su hogar donde, años después, se reencontrará con Sam, un viejo amigo, y volverá a enamorarse.
De una a siete de la tarde -mis horas oficiales o "teóricas" de
trabajo- me confieso un impostor, un chambón, un equivocado esencial. De
noche (conversando con Xul Solar, con Manuel Peyrou, con Pedro Henríquez
Ureña o con Amado Alonso) ya soy un escritor. Si el tiempo es húmedo y
caliente, me considero (con alguna razón) un canalla; si hay viento sur,
pienso que un bisabuelo mío decidió la batalla de Junín y que yo mismo
he consumado unas páginas que no son bochornosas. Me pasa lo que a
todos: soy inteligente con las personas inteligentes, nulo con las
estúpidas.
Hacia 1957 reconocí con justificada melancolía que estaba quedándome
ciego. La revelación fue piadosamente gradual. No hubo un instante
inexorable en el tiempo, un eclipse brusco. Pude repetir y sentir de
manera nueva las lacónicas palabras de Goethe sobre el atardecer de cada
día: Alles nahe werde fern (Todo lo cercano se aleja). Sin prisa pero
sin pausa -¡otra cita goetheana!- me abandonaban las formas y los
colores del querido mundo visible. Perdí para siempre el negro y el
rojo, que se convirtieron en pardo. Me vi en el centro, no de la
oscuridad que ven los ciegos, como erróneamente escribe Shakespeare,
sino de una desdibujada neblina, inciertamente luminosa que propendía al
azul, al verde o al gris. Ya no había nadie en el espejo; mis amigos no
tenían cara; en los libros que mis manos reconocían solo había párrafos
y vagos espacios en blanco pero no letras.
Rachel es una universitaria irlandesa que trabaja en una librería para pagarse la carrera. Allí conoce a un chico de su edad, James; no tardarán mucho en hacerse íntimos amigos y animarse a compartir un piso tan barato como destartalado. Ambos buscan abrirse camino en la Irlanda de la Gran Recesión mientras gestionan sus caóticas vidas: James está harto de que la gente piense que no quiere salir del armario y Rachel fantasea sin parar con el doctor Byrne, un profesor casado al que intenta seducir con un arriesgado plan de imprevisibles resultados.
Novela inaugural de uno de los mayores escritores de principios del siglo XX, y llave de acceso imprescindible a su obra, se perciben ya en El pavo real blanco no pocas constantes de la literatura de D. H. Lawrence: las relaciones asimétricas y fluctuantes entre hombres y mujeres; el anhelo intelectual por la vida instintiva; una mística de la naturaleza, las flores y los animales; la desigualdad social y la fealdad del mundo industrial con sus cambios. Comenzada cuando tenía veinte años y publicada en 1911, fue un texto escrito y reescrito que en un sentido vital absorbió la juventud de Lawrence.
Partiendo de las premisas del idilio rural de la novela decimonónica, su escritura ofrece algunos de los pasajes más bellos de toda su obra y alcanza momentos de profunda emoción en las interacciones de sus personajes exquisitamente delineados.
Una saga de fantasía épica que llega a su fin.
En una narración plena de guerras, aventuras, amor y desengaño, amistad y brujería, se llega a un sorprendente desenlace. El poder de la magia es capaz de quebrantar el orden del tiempo y el espacio, y tanto los humanos como los sitha se vuelven en contra de sus congéneres. Los pocos miembros que sobreviven de la Liga del Pergamino son los únicos capaces de desvelar un secreto que permita acabar con un mal que parece indestructible.