En una panadería de Ugarte, en el País Vasco, un niño que un verano ha regresado sin habla de un internado en el sur de Francia recupera las palabras gracias a su amistad con dos hermanos gemelos y a algo extraño que descubren los tres en las aguas del canal que baja de la montaña. La dictadura franquista está llegando a sus últimos días. Todo está cambiando en Ugarte y también en el cuartel de El Pardo donde, poco antes, Eliseo, Donato, Celso y Caloco intentan adiestrar una urraca y burlar el coto de caza reservado a los poderosos. La de ellos fue también una historia de amistad, con sus dosis justas de inconsciencia, rebeldía y tragedia.
Años más tarde, las huelgas alentadas por los sindicatos hacen temblar la industria minera de Ugarte. Son ya los turbulentos ochenta, y Eliseo y los gemelos se ven envueltos en una trama de venganza, urdida por el ingeniero Antoine, que parece propia del género negro. El tiempo pasa rápido y transforma todo lo de fuera: llega la música, la televisión con sus realities, el correo electrónico, aunque en el interior de los protagonistas de esta historia se mantienen intactos los silencios, los secretos, las amenazas... No es más que la vida, que discurre como hilos de agua entre las piedras. Pero avanza.
Alma tiene diecisiete años, el pelo castaño, la boca un poco grande y los ojos oscuros.
Tiene dos amigas íntimas, Greta y Nata, un puñado de gente con la que se va de fiesta y el recuerdo de una noche que le gustaría olvidar.
Alma también tiene una cuenta en Instagram (@colemanmiller18, con 950K seguidores), aunque nadie sabe que es suya.
Pero de todo lo que Alma tiene, lo más importante está dentro de la mochila negra que lleva a la espalda. Es algo que va a cambiar su vida en un instante.
«Cuidado, aquí se esconde un violador.»
Es lo que dicen las grandes letras color sangre en la tela que Alma acaba de colgar en la fachada de su instituto.