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SONETOS A ORFEO

¿Qué jardines felices, bien regados sus árboles, qué cálices de flores de tierno deshojarse maduran las extrañas, las exquisitas frutas del consuelo, las pródigas, halladas en el pasto de tu propia indigencia? Año tras año, te admira su sazón, la piel suave, su justa medida, que por ti ha esquivado a las aves volubles o, en el fondo, al celoso gusano. ¿Entonces es que hay árboles rondados por los ángeles, cultivo de morosos y extraños jardineros? ¿Entonces nos dan fruto y no nos pertenecen?
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SONETOS DE AMOR (MESTAS)

William Shakespeare compuso para la eternidad 154 sonetos que hoy forman parte del legado más sublime de la literatura inglesa. En esta cuidada selección se recogen aquellos en los que el amor —en todas sus formas— brilla con una intensidad lírica pocas veces igualada. Cada palabra ha sido cincelada con maestría, dando forma a un sentimiento que, aún hoy, sigue latiendo en cada uno de nosotros. Más allá de su perfección formal, estos poemas revelan una comprensión del alma humana que trasciende siglos y fronteras. Hablan de la pasión y el deseo, de la idealización y el desgarro, de la fugacidad del tiempo y la necesidad de aferrarse a lo amado. Pueden leerse como tiernas declaraciones románticas o como profundas meditaciones filosóficas sobre aquello que nos constituye como seres humanos: la necesidad de amar y ser amados. Una ocasión excepcional para redescubrir a Shakespeare, no solo como dramaturgo insigne, sino como uno de los grandes poetas de la historia. Su talento, inagotable, también encuentra aquí su expresión más íntima y universal.
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SONKA, MANOS DE ORO

Se llamaba Sheindla-Sura Leibova Salomoshak-Bluwstein, aunque la historia la recuerda por su apodo: «Soñka, manos de oro». Había nacido en Varsovia en 1846, y a finales del siglo xix se convirtió en una leyenda por sus ingeniosas maneras de estafar. Ocupó las portadas de los diarios más leídos de la época: la llamaban «Diablo con falda», «La versión femenina de Robin Hood» o «La zarina del crimen». Engañaba y robaba a los hombres ricos en los hoteles de Odesa, Moscú y San Petersburgo, en las joyerías y en los trenes. La atraparon en 1888, y cumplió condena en la isla de Sajalín. Se decía que quien entraba allí jamás regresaba: así ocurriría con Soñka, que murió en prisión en 1902. Pero antes hubo un juicio. Un juicio polémico y popularísimo en su tiempo, cuando Soñka —manos de oro— evocó la historia de su vida: una memoria bien diferente a aquella que la prensa había divulgado sobre ella.
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