Durante su último medio día de vida, el anciano Artemio Cruz recuerda: no siempre fue ese triste saco de huesos y fermentos corporales. Alguna vez fue joven, osado, vigorodo; tuvo ideales, sueños, fe. Incluso luchó por ellos. En algún momento de su pasado, sin embargo, la codicia y la corrupción extinguieron su fuego y su esperanza. Y tal vez por ello perdió a la única mujer que de verdad lo amó. La muerte de Artemio Cruz es una obra cumbre de las letras hispanoamericanas: una visión panorámica sobre el México surgido de la revolución, pero también una reflexión sobre la soledad, el poder y el desamor.
En la persona de la anciana Aaliya confluye el pasado y el presente de Beirut. Vive en una ciudad asediada por la violencia y el dolor, pero escapa de su terrible realidad gracias a la literatura. Huérfana de padre y repudiada por un marido al que nunca quiso, ha pasado la mayor parte de su vida leyendo en una librería y traduciendo en la soledad de su casa las grandes obras de la literatura de todos los tiempos a razón de una al año. Citas y títulos de Pessoa, Nabokov, Javier Marías o Italo Calvino desfilan y entretejen estas páginas, que repasan la historia reciente de Líbano y abren una puerta a la vida íntima de sus habitantes.
La mujer habitada sumerge al lector en un mundo mágico y ferozmente vital, en el que la mujer, víctima tradicional de la dominación masculina, se rebela contra la secular inercia y participa de forma activa en acontecimientos que transforman la realidad. Partiendo de la dramática historia de Itzá, que por amor a Yarince muere luchando contra los invasores españoles, el relato nos conduce hasta Lavinia, quien conoce a Felipe. La intensa pasión que surge entre ambos es el estímulo que la lleva a comprometerse en la lucha de liberación contra la dictadura de Somoza. Rebosante de un fuerte lirismo, La mujer habitada mantiene en vilo al lector hasta el final.