Se contaba que Orfeo era un poeta extraordinario, capaz de conmover con su canto a animales, hombres y dioses, que descendió al Hades a rescatar a su esposa difunta y que logró convencer a los dioses infernales de que le permitieran traerla de vuelta al mundo de los vivos, si bien fracasó a última hora por no ser capaz de cumplir la condición impuesta de no volverse a mirarla. Por extraño que parezca, este personaje del mito se convirtió en autor de un heterogéneo grupo de obras que expresaban un pensamiento religioso distinto del imperante en Grecia, con analogías con el Pitagorismo y con la religiosidad eleusina, que postulaba un trato diferente a los seres humanos en el Más Allá, según su comportamiento en vida, y que proclamaba la posibilidad de que sus almas fueran castigadas a retornar al mundo encarnada en otros cuerpos hasta lograr su liberación. Los autores de estas obras sobre el origen del mundo y de los dioses, la creación de los seres humanos y la forma de lograr la salvación prefirieron atribuírselas al mítico personaje, para prestigiarlas.
Desde el principio de los tiempos el mar ha fascinado al ser humano ya fuese como promesa de aventura, puerto de llegada o de huída, frontera por donde aparecen los barcos de guerra, como entretenimiento o fuente de comida, como anhelo o paisaje cotidiano, y también como un espejo donde contemplar la belleza. No se conoce de un solo pueblo ni de un siglo que no le haya escrito versos al mar. Esta antología propone tres miradas europeas al mar, tres modulaciones líricas ligeramente distintas decididas a seducir o tomar por asalto nuestra imaginación. La primera de estas tradiciones es la inglesa, en sus poemas se aprecia que el mar rodea por completo la isla, y que todas sus fronteras son líquidas: el mar es tan frecuente que toda clase de asuntos se relacionan con él. Para la tradición francesa, la segunda que aborda el libro, el mar tiene algo de presencia casi espiritual, confrontada a los negocios del día a día. En la tercera tradición, la española, el mar sabe a rebeldía.
Quien escribe un poema lo escribe, antes que nada, porque el poema es un colosal acelerador de la conciencia, del pensamiento, de la percepción del mundo». Del discurso de Joseph Brodsky al recibir el Premio Nobel de LiteraturaA caballo entre dos lenguas durante décadas, el bilingüismo de Brodsky no solo revitaliza con singular desenvoltura un lenguaje heredado, sino que también proyecta una radical y profunda exploración de sus metros e imágenes, elevada a una forma particular de metafísica. Sin embargo, Brodsky es también un poeta eminentemente físico, cuyo tema fundamental es la encrucijada entre el espacio, el tiempo y los sentidos. Ningún otro escritor contemporáneo habla tanto de la intemperie. Sus musas no son Calíope ni Tersícore, ni sus artísticas hermanas asociadas con emociones y sentidos, sino Urania, musa de la astronomía, «más vieja que Clío», matrona del conocimiento estelar, del espacio puro, de esas extensiones heladas en medio de las cuales el hombre parece el derrubio lodoso que arrastra un glaciar.
El poema narrativo es el que se convertirá en la piedra angular de toda su obra. Con él consigue fundir las corrientes tradicio-nalista y europeísta en una sola, expresiva, elegante y sobria, de su propia creación; y forja la lengua y la literatura rusas tal y como hoy la conocemos. En sus poemas narrativos, Pushkin entrelaza las noveda-des llegadas a Rusia desde occidente, domi-nado por Lord Byron, con el folclore y las leyendas rusas. Pushkin evoluciona desde unos parámetros byronianos, más subjeti-vos y sentimentales, a otros más personales en los que se aprecia la clara influencia de Shakespeare.
Charlotte concibió la idea de una publicación conjunta de unos veinte poemas individuales de cada una. Teniendo en cuenta el prejuicio de la época, decidieron hacerlo bajo seudónimos de apariencia masculina, y así Charlotte fue “Currer”, Emily fue “Ellis” y Anne fue “Acton”, nombres formados con las iniciales de cada una. Como apellido conjunto eligieron Bell». En 1846, pagándose ellas mismas la edición, se publicó el libro Poemas de Currer, Ellis y Acton Bell. Sólo se vendieron dos ejemplares y dos fueron las únicas reseñas que recibió el libro. Pero el fracaso de sus poemas no sólo no las abatió, sino que les sirvió de acicate para las producciones literarias de cada una. Y así, al año siguiente, 1847, aparecieron las novelas Jane Eyre, de Charlotte; Cumbres borrascosas, de Emily, y Agnes Grey, de Anne.
François Villon nació en París, en 1431. De su turbulenta vida nos han llegado pocos datos, la mayor parte relacionados con hechos criminales. Hombre de letras al fin y al cabo, Villon utilizó formas establecidas para sus poemas desenfadados, vitalistas y ofensivos. La frescura de su obra (comparable a la del Arcipreste de Hita o a la de Rabelais) ha perdurado intacta hasta nuestros días.