Los hechos es una obra autobiográfica nada convencional, que convence por su franqueza y por su capacidad de invención. Philip Roth se concentra en cinco episodios de su vida: su tranquila niñez en los años treinta y cuarenta; su preparación para la vida norteamericana en un college en los años cincuenta; su enredo pasional, cuando era un joven ambicioso, con la persona más irascible que conoció en su vida («la chica de mis sueños», la llama él); su choque frontal, como escritor en ciernes, con la comunidad judía, que tomó a grave ofensa su libro Goodbye, Columbus, y su descubrimiento, durante los excesos de los años sesenta, de una veta de su talento que no había explotado antes y que lo llevó a escribir El mal de Portnoy.
El encuentro fortuito entre dos amigos de la infancia es el detonante de esta novela, la cual nos lleva a recorrer la vida de un empresario exitoso y adinerado con un pasado enigmático. Su nombre: Sebastián Sarmiento. Su tragedia: haber perdido a sus seres más queridos. La consecuencia: un sentimiento de culpa que jamás lo abandona. La historia de Sebastián toma rumbos insospechados debido a circunstancias tan simples como una rama seca tirada en el camino, una llamada realizada en el instante preciso y el andar a la deriva por una calle cualquiera.
Esas casualidades, y muchas más, son las que determinan el destino del protagonista, y Juan Carlos Botero se vale de ellas para demostrar que no existen hechos intrascendentes, pues un detalle, por más mínimo que parezca, puede cambiar radicalmente el curso de los acontecimientos y desatar una ola de eventos inesperados. Nuestra fortuna deja de pertenecernos cuando se lanzan los dados y nos convertimos, para ventura o desventura, en caprichos de la suerte.
En el Bausler Institut, un internado femenino situado en el cantón de Appenzell, se respira una densa atmósfera de cautiverio y sensualidad inconfesada. En estos parajes por los que paseaba el escritor Robert Walser, y donde se suicidó tras permanecer treinta años en un manicomio, se desarrollan la infancia y la adolescencia de la narradora, quien las rememora desde la madurez. Del Bausler Institut, regido por Frau Hofstetter y su marido, la narradora recuerda sobre todo el momento en que se sintió atraída por una recién llegada, la «nueva»: Frédérique, una chica enigmática, estricta y de una belleza intimidante, cuyos ojos color índigo dejan entrever algo a la vez sereno y terrible. Pero en el internado hay muchas más jóvenes, llegadas de todas partes del mundo. Entre ellas afloran toda clase de sentimientos, deseos y sensaciones, incluso la voluptuosidad de la obediencia y la disciplina. Y nunca se olvidarán unas de otras, como en las prisiones uno no olvida a su compañero de celda.