Los poemas de este álbum ya estaban escritos. Había que convertirlos en viñetas. Y eso es lo que ha hecho la estupenda dibujante de cómics Laura Pérez Vernetti en un año de feliz y entusiasta colaboración con el poeta Luis Alberto de Cuenca, recientemente galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En la poesía de Luis Alberto aparece constantemente el tema del deseo, anclado en ocasiones a unos tacones altos y afilados, y en otras a un elegante fetichismo de sofisticada ropa interior. Que Laura era la persona idónea para trasladar esa temática del deseo al mundo del cómic no puede ponerse en duda. El libro, primero de una serie de Visor sobre poesía gráfica, contiene 23 poemas eróticos —dos de ellos muy recientes y rigurosamente inéditos— de Luis Alberto, traducidos por Laura a lo que Will Eisner definió como «arte secuenciado» y enriquecidos por unos preciosos titulares del diseñador Andrés Salvarezza.
Desde el principio de los tiempos el mar ha fascinado al ser humano ya fuese como promesa de aventura, puerto de llegada o de huída, frontera por donde aparecen los barcos de guerra, como entretenimiento o fuente de comida, como anhelo o paisaje cotidiano, y también como un espejo donde contemplar la belleza. No se conoce de un solo pueblo ni de un siglo que no le haya escrito versos al mar. Esta antología propone tres miradas europeas al mar, tres modulaciones líricas ligeramente distintas decididas a seducir o tomar por asalto nuestra imaginación. La primera de estas tradiciones es la inglesa, en sus poemas se aprecia que el mar rodea por completo la isla, y que todas sus fronteras son líquidas: el mar es tan frecuente que toda clase de asuntos se relacionan con él. Para la tradición francesa, la segunda que aborda el libro, el mar tiene algo de presencia casi espiritual, confrontada a los negocios del día a día. En la tercera tradición, la española, el mar sabe a rebeldía.
Sinceramente es una obra conmovedora, lúdica y sabia de Margaret Atwood. En esta colección de poemas, reflexiona sobre la pérdida, el paso del tiempo, el envejecimiento y la memoria, sin renunciar al asombro, la renovación y la belleza de lo cotidiano. La poesía de Margaret Atwood transita entre lo íntimo y lo mítico, con apariciones de sirenas, hombres lobo y sueños que amplifican el sentido simbólico de sus versos. También hay una fuerte presencia de la naturaleza, tanto en su esplendor como en su deterioro, que refleja una preocupación constante por la crisis ecológica.
Con su estilo agudo, irónico y muy humano, Margaret Atwood nos entrega en Sinceramente un libro elegíaco que emociona, interpela y confirma su lugar como una de las grandes voces de la literatura contemporánea. Una inmersión ideal en el universo de la autora de El cuento de la criada y Libro de mis vidas, tanto para sus lectores más fieles como para aquellos que se acercan por primera vez a su poesía.
Tras la segunda guerra mundial Inglaterra entró en estado de shock. La lenta reconstrucción de las ciudades y la economía, la descomposición de imperio y la afluencia migratoria alteraron para siempre la fisonomía de la isla. La poesía no fue ajena a las presiones psicológicas, económicas, culturales y sociales de su tiempo. Como una antena muy sofisticada (y algo enigmática) recogió el malestar, el pesimismo, la soledad y la fealdad de la época: la Inglaterra verde y campestre de Worsdworth o Tennyson se vuelve gris y urbana en los poemas de esta generación. Claro que partiendo de un sustrato común cada uno de estos poetas ofrece visiones muy distintas y sofisticadas de su tiempo. Así los dos poetas principales de esta generación alcanzan posiciones casi confrontadas: Philip Larkin segrega su pesimismo cultivando un conservadurismo de ideas perfectamente adaptado a los tiempos (oficinas, coches, entretenimiento barato), con un lenguaje preciso, casi expurgado de lirismo; mientras que Ted Hughes despliega una visión salvaje de la caza, los animales y la naturaleza, asediada por las ciudades y la rutina de las oficinas, con un lenguaje expresionista y telúrico. Abran y lean este catálogo de visiones (poéticas), unas veces fantásticas, otras veces mordaces, sobre la misma sociedad fría, gris, mecanizada, solitaria, y apática en la que en buena medida seguimos viviendo.
Marianne Moore fue una figura esencial de la poesía norteamericana, clave en las renovaciones que se produjeron en la primera mitad del siglo XX. En esta selección, descubrimos a una de las poetas más libres e innovadoras, alguien que supo encontrar su independencia estética dentro del modernismo estadounidense.
Sus poemas destacan por una precisión exquisita del lenguaje y por la elocuencia de las imágenes que evocan, y son capaces de desvelar en lo cotidiano una nueva realidad; pues, como dijo William Carlos Williams sobre ella: «Esto es lo asombroso de un buen escritor, parece hacer que el mundo venga hacia él para rozar las espinas de su arbusto. De modo que, al mirar un objeto aparentemente pequeño, uno siente el torbellino de grandes acontecimientos».
Al mismo tiempo que ejercía su profesión de médico, William Carlos Williams se consolidó como un autor fundamental para entender la poesía norteamericana. Innovador y experimental, trascendió los límites de las corrientes a las que se le vinculó: el modernismo y el imagismo; creando un auténtico «idioma americano».
Un poeta que se atrevió a mirar las cosas mundanas y el día a día de una forma radicalmente nueva, cuyos poemas se centraron en la vida cotidiana de la gente de a pie y defendían un uso poético del lenguaje coloquial. Un poeta como él mismo lo entendía: alguien «cuyas palabras mordisquean el camino a casa».
Entre las principales figuras de la poesía medieval destaca el francés François Villon, autor de dos largos poemas: El legado y el monumental Testamento (de más de 2000 versos) donde deforma los valores caballerescos para dar voz a vagabundos y delincuentes, carne de presidio y de patíbulo, para que ofrezcan una visión burlesca, obscena y al límite de su experiencia, mediante un verso directo, muy expresivo. Nuestra edición incluye también poemas de los predecesores de Villon como Rutebeuf o Charles d’Orléans, que permiten tomar el pulso a la época medieval. Con la excelente traducción de Vicente Monroy este libro nos ayuda a sumergirnos en la siempre cercana y a menudo desconocida poesía medieval.
«De vez en cuando ocurre el milagro: el escritor delicado, dubitativo y con tendencia ansiosa se retira, y a través de él resuena la música del universo: como la base de una fuente, hace tanto de oído como de instrumento».Hermann Hesse
«El último gran lírico europeo de la edad clásica».Félix de Azúa
En febrero de 1923, al tiempo que terminaba las Elegías de Duino, Rainer Maria Rilke compuso en un rapto los Sonetos a Orfeo, culminación del ciclo que había empezado diez años atrás con aquel libro, una de las aventuras poéticas más intensas y estimulantes de la modernidad. Si las elegías concluían con una aceptación radical de la finitud y condición efímera del ser humano, en los sonetos Rilke vuelve la mirada a Orfeo como dios de la poesía y punto de partida de un nuevo credo vital.
El mito del primer cantor, que descendió a los infiernos para rescatar a su esposa Eurídice, fracasó en su empeño y fue luego despedazado por las ménades, se convierte para el poeta moderno en la metáfora de la reinserción de la humanidad en la placenta de la naturaleza, gracias a la cual ya no hay un más acá y un más allá, sino un solo ámbito salvado por el canto. Como ya hicieran con las Elegías, Adan Kovacsics y Andreu Jaume han realizado una nueva y escrupulosa traducción de los sonetos, añadiéndoles abundante material complementario para entender la obra, desde las cartas de la época hasta otros poemas esbozados o descartados, así como los fragmentos de Ovidio que inspiraron al autor.
El poema narrativo es el que se convertirá en la piedra angular de toda su obra. Con él consigue fundir las corrientes tradicio-nalista y europeísta en una sola, expresiva, elegante y sobria, de su propia creación; y forja la lengua y la literatura rusas tal y como hoy la conocemos. En sus poemas narrativos, Pushkin entrelaza las noveda-des llegadas a Rusia desde occidente, domi-nado por Lord Byron, con el folclore y las leyendas rusas. Pushkin evoluciona desde unos parámetros byronianos, más subjeti-vos y sentimentales, a otros más personales en los que se aprecia la clara influencia de Shakespeare.
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