El clásico atemporal sobre “las últimas novedades del infierno y las irrebatibles respuestas del cielo”. Esta obra maestra de sátira de C. S. Lewis ha entretenido e iluminado a generaciones con su retrato irónico y profundo de la vida humana, contado desde la perspectiva de Escrutopo, un demonio de alto rango al servicio de “nuestro padre de las profundidades”. Con ingenio, humor y aguda visión espiritual, Lewis nos comparte las cartas entre este diablo experimentado y su sobrino Orugario, un demonio principiante encargado de asegurar la perdición de un joven común.
Dedicado a su amigo y colega J. R. R. Tolkien, este clásico atemporal revela las estrategias sutiles de la tentación y nos anima a perseverar en la fe. Cartas del diablo a su sobrino sigue siendo una lectura esencial para todo creyente que desee comprender mejor el conflicto espiritual que enfrentamos día a día.
Como ya hiciera en Profanaciones, Agamben recoge aquí, en una serie de ensayos breves, algunos de los temas centrales de su pensamiento: desde la fiesta, vista en inesperada relación con la bulimia contemporánea, a la desnudez, que alberga escondidas implicaciones teológicas; del problema del cuerpo glorioso de los beatos, que tienen estómago y órganos sexuales y sin embargo no comen ni hacen el amor, al de la nueva figura de la identidad impersonal que los dispositivos biométricos están imponiendo a la humanidad.
El punto de fuga hacia el que convergen todos estos temas es la inactividad, entendida no como ocio o inercia sino como el paradigma de la acción humana y de una nueva política. Esa misma acción ociosa define la tierra de nadie en la que se mueve una escritura que ha quemado sus cartas de identidad y que es, a la vez, pensamiento y literatura, divagación y ficha filológica, tratado de metafísica y artículo de costumbres.
¿Puede tener sentido un mundo en el que los inocentes sufren? ¿Podemos seguir creyendo en un poder divino o en el progreso humano si hacemos una taxonomía del mal? ¿Es el mal profundo o banal?
En esta obra fundamental, Susan Neiman argumenta que estas preguntas impulsaron la filosofía moderna. Los filósofos tradicionales, de Leibniz a Hegel, intentaban defender al Creador de un mundo en el que el mal existe. Inevitablemente, ese esfuerzo, combinado con la obra de escritores como Pope, Voltaire y el Marqués de Sade, erosionaron la fe en la benevolencia, el poder y la relevancia de Dios, hasta que Nietzsche afirmó que había sido asesinado. También produjo la distinción entre el mal natural y el mal moral que ahora damos por sentada. Así, la filosofía contemporánea considera al Holocausto como el mal moral final y Neiman concluye que dos posturas básicas atraviesan el pensamiento moderno. Una, de Rousseau a Arendt, insiste en que la moralidad exige que hagamos inteligible el mal. La otra, de Voltaire a Adorno, insiste en que la moralidad exige que no lo hagamos.