«Pero en definitiva, ¿qué es Lo Nuestro? Por ahora, al menos, es una especie de complicidad frente a los otros, un secreto compartido, un pacto unilateral».
Martín Santomé, viudo con tres hijos, en las vísperas de su jubilación comienza a registrar en un diario su vida gris y sin relieve. La vida cotidiana de la rutina en la oficina y la de un hogar desunido y crispado se verán alteradas cuando irrumpe en su rutina la joven Laura Avellaneda, su nueva empleada. Y este hombre, casi sin proponérselo, decide abrir en su vida un paréntesis luminoso.
Los cuentos de Las invitadas -publicado originariamente en 1961- son una ventana abierta a un mundo familiar y perturbador a la vez, donde la realidad más prosaica se desliza sutilmente hacia la irrealidad o hacia esa zona de lo real que pertenece a lo desconocido. Entremezclada con las frases donde relampaguea un humor rebelde, la ambigüedad está acentuada por la mirada inocente que la autora parece arrojar sobre los objetos y las personas que la rodean, como si los contemplara por primera vez. O como si los creara por el solo hecho de nombrarlos. En el cuento que da título al libro, el pequeño Lucio mantiene encuentros clandestinos con siete misteriosas invitadas que representan los siete pecados capitales. En "El diario de Porfiria", una romántica institutriz inglesa es sometida a una perturbadora metamorfosis. Cuarenta niños sordomudos, tras un accidente aéreo, se arrojan al abismo, provistos de alas, y desaparecen en el cielo. Con estos relatos únicos en la literatura argentina del siglo XX, la imaginación rigurosa e incansable de Silvina Ocampo logra "mostrarnos el cielo para precipitarnos en el infierno".
Y así sucesivamente, publicado por primera vez en España en 1987, inauguró la última etapa de la obra de Silvina Ocampo con una prodigiosa exhibición de vitalidad literaria. Lejos de todo ideal de serenidad, de madurez apacible o desencantada, el "estilo tardío" de la autora renovó su pacto con el arte narrativo y la magia para crear ficciones cada vez más insólitas, más poéticas, más experimentales. Por eso no es casual que incluyera en este libro dos cuentos publicados en la revista Sur en 1938 (y nunca antes recogidos en volumen), como si hubiese descubierto, pasados los ochenta años, que aún tenía toda su juventud por delante. Porque sólo una imaginación soberana, invulnerable al desgaste gradual que impone la experiencia, podía inventar con tanta soltura un niño prodigio que toca con el dedo gordo del pie, en un piano desafinado, obras de grandes compositores inspiradas en el agua; una mujer que se transforma en automóvil; una estatua ecuestre que ejecuta una venganza; un jardinero que echa raíces, literalmente, en la tierra; o un perro enamorado de un trapo de piso. Estos son algunos de los personajes que pueblan Y así sucesivamente, uno de los libros más deslumbrantes de una escritora que mantuvo, a lo largo de su vida y de su obra, una discreta convivencia con los milagros.
Todos conocen el poder de su nombre
Pocos se han acercado a su lado más humano.
Trágica y gloriosa, una historia más allá de la fe.
Siglo I. Condenado por un crimen de sangre, el oficial romano Lucio Fedro tiene la peligrosa misión de seguir los pasos de un hombre del que todo el mundo habla pero del que poco se sabe: Jesús de Nazaret.
No hay rincón del Imperio donde no se oiga su nombre. Unos dicen que es un revolucionario; otros, un simple profeta; él afirma ser "el hijo de Dios". Lo que está claro es que ese hombre está desafiando el poder de Roma y Lucio deberá desentrañar los misterios que rodean su figura al tiempo que se enfrenta a las sombras de su propio pasado.
Kurt Vonnegut quería escribir una novela sobre la guerra. Pero tenía dos problemas. El primero, que le hacía volver a lo que él había sufrido: sobrevivió al bombardeo de Dresde, el más cruento de la Segunda Guerra Mundial, y fue hecho prisionero de guerra. El segundo, que le daba pavor que llevasen la historia al cine (como le advirtió que pasaría una buena amiga suya) y la interpretase una gran estrella, un actor muy machote, y los niños quisiesen ir también a la guerra y las guerras no se acabaran nunca.
Pero escribió esa novela, y se prometió que sería distinta a todas las demás. Que hablaría de «la cruzada de los niños». Y que en ella habría miedo y risa y viajes en el tiempo y ternura y estupor y sorpresa y fragilidad.
Considerada una obra maestra de la literatura universal, es una de las novelas más traducidas y leídas en español de este premio Nobel. Paradigma del realismo mágico, relata la aventura de siete generaciones de la familia Buendía-Iguarán en la ciudad imaginaria de Macondo. «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».Con estas palabras empieza una novela ya legendaria en los anales de la literatura universal, una de las aventuras literarias más fascinantes de nuestro siglo. Millones de ejemplares de Cien años de soledad leídos en todas las lenguas y el premio Nobel de Literatura coronando una obra que se había abierto paso «boca a boca» -como gusta decir el escritor- son la más palpable demostración de que la aventura fabulosa de la familia Buendía-Iguarán, con sus milagros, fantasías, obsesiones, tragedias, incestos, adulterios, rebeldías, descubrimientos y condenas, representaba al mismo tiempo el mito y la historia, la tragedia y el amor del mundo entero.