Escritos durante los primeros años de la contienda para periódicos austríacos y alemanes, revelanuna vertiente del autor desconocida para muchos. En ellos pone su brillantez intelectual alservicio de la causa germánica a costa de la idea de Europa que él y sus amigos franceses sehabían comprometido a construir.El abismo al que se asomó esa Europa cambió para siempre la sensibilidad de Zweig y la de granparte de su generación. El mismo abismo y la misma pasión nacionalista que parecenamenazar a Europa un siglo después.
El presente Tratado de filosofía de la música propone un desarrollo de las líneas generales de la filosofía del arte y de la música del Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno, acotando la especificidad material de la categoría musical a partir de la reconstrucción y despliegue de la idea helénica de melos, expuesta en el libro Sobre la música de Arístides Quintiliano, desde la Teoría de la esencia genérica de la música.
De esta manera, se expone el sistema filosófico constituido por Gustavo Bueno y se realizan una serie de propuestas concretadas a partir de tres planos de estudio, a saber, el plano gnoseológico, en el que se propone un sistema de análisis de partituras a partir del desarrollo de la idea de Glomérulo acuñada por Gustavo Bueno; el plano noetológico, constituyente de una teoría de la racionalidad musical; y el plano alegórico, desde el cual se propone el estudio de las diversas formas de ejercitar las ideas que envuelven la categoría musical a partir del análisis de las velocidades de despliegue de la obra artística.
Todo ello establece la referencia de la idea de música sustantiva, la cual precisa de un material estético que concatene estos tres planos en un espacio determinado que, por otra parte, constituye la tesis fuerte de este Tratado, esto es, el espacio melológico.
Una historia sobre la inocencia, el amor y el sentido de la vida.
Gustavo Bueno fue nombrado, en virtud de oposición, primer catedrático numerario de “Fundamentos de Filosofía e Historia de los Sistemas Filosóficos” de la Facultad de Filosofía y Letras de Oviedo, por orden de 18 de abril de 1960, incorporándose a esa universidad en junio de 1960, tras haber ejercido desde 1949 en Salamanca como catedrático de filosofía en el Instituto Nacional de Enseñanza Media “Lucía de Medrano”.
Las cátedras de “Fundamentos de Filosofía e Historia de los Sistemas Filosóficos” se habían introducido en la universidad española el 7 de julio de 1944, mediante decreto que organizaba la Facultad de Filosofía y Letras en siete secciones (Filosofía, Filología clásica, Filología semítica, Filología románica, Historia, Historia de América, y Pedagogía) y tres periodos de estudios: dos cursos comunes, tres cursos de licenciatura especializada y un curso de doctorado. En los cuatrimestres primero y segundo, del primer curso común, se establecía la asignatura “Fundamentos de Filosofía” (tres horas semanales de clase) y en los cuatrimestres tercero y cuarto, del segundo curso común, la asignatura “Historia de los sistemas filosóficos” (tres horas semanales de clase).
La locura, el lenguaje y la literatura siempre han ocupado un lugar central en el pensamiento de Michel Foucault. ¿Cuál es el estatuto del loco en nuestras sociedades «occidentales»? ¿Cuál es su función y en qué se diferencia de la que cumplía en otras sociedades? E igualmente, ¿qué relación extraña tiene la locura con el lenguaje y con la literatura, ya hablemos del teatro barroco, del teatro de Artaud o de la obra de Roussel? Y, si se trata de interesarse por el lenguaje en su materialidad, ¿cómo se ha transformado el análisis literario, en particular bajo la influencia cruzada del estructuralismo y de la lingüística, y en qué dirección evoluciona?
Las conferencias y los textos, en su mayoría inéditos, que se presentan reunidos aquí ilustran la manera en que, a partir de la década de 1960 y durante un decenio, Foucault no dejó de tejer, de reformular y de retomar estas problemáticas.
La Cultura es uno de los ideales prácticos de mayor rango: el Estado de Cultura ha llegado a ser un ideal de rango superior al del Estado de Derecho y, por supuesto, de más alto prestigio que el Estado de Bienestar. Sin embargo, nadie entiende qué es eso de la Cultura, como nadie entendía antaño qué era la Gracia de Dios. La cultura es un mito, y un mito oscurantista, como lo fue el mito de la Gracia en la Edad Media o como lo fue el mito de la Raza en la primera mitad del siglo XX. En cierto modo podría decirse que el mito de la Cultura incorpora, además, a través de los nacionalismos de fin de siglo, muchas funciones que el mito de la Raza desempeñó hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.
Enciclopedia de la ignominia, álbum de personajes innobles, animalario de tipos indignos, como una manada de seres solo medio humanos y, por ello mismo, demasiado humanos, El bestiario de Michel Foucault es todo lo contrario a una leyenda dorada que exaltara los nombres propios de santos. El filósofo deja el protagonismo a sus criaturas extrañas, a sus muchos vástagos monstruosos: el delincuente y la histérica, el pederasta y la bruja, el pastor, el miserable, el perverso y el bárbaro, la puta y el estoico, y, así, hasta treinta y dos semblantes sombríos, insignificantes algunos, turbios otros, grises y nocturnos todos.
Jude Portman pronto aprendió a hacerse invisible para sobrevivir. Hija de una estrella de la música que se apagó con su nacimiento, creció bajo la sombra de una leyenda rota… y bajo las miradas de un pueblo convencido de que traía mala suerte.
Hasta que llegó Isaac, un chico que veía la vida en colores, pensaba con canciones y convertía el mundo gris de Jude en un lugar habitable. Con él, Jude descubrió algo que nunca habría imaginado:la posibilidad de mirarse sin miedo.
¿Y si crecer significara dejar de ser la villana en la historia de otros y ser la protagonista de la tuya?
¿Y si tu vida no fuera una maldición, sino un capítulo mal contado?
Esta no es la historia de su madre. Tampoco de su pueblo. Ni siquiera de Isaac.
Por primera vez, esta es la historia de Jude.
Después de la última batalla, no llega el vacío, sino un tipo
de silencio diferente. Es la calma que se instala cuando
has decidido rendir las armas de la culpa y la reacción. Durante
años creí que mi historia era un eco de lo que me hicieron; que mi
vida estaría siempre condicionada por lo que me fue negado en esa
infancia que debió haber sido sagrada. Hoy, mientras escribo esta
última palabra, comprendo que la paz no se encuentra al cerrar el
capítulo, sino al reescribir la conclusión.
La fe, aquella conexión que me sostuvo cuando todo lo humano
se desmoronó, no me prometió una vida sin tormentas, me dio
algo más valioso: la certeza de un ancla que no se mueve. Aprendí
que la fortaleza no está en la habilidad de evitar el dolor, sino en
la capacidad sobrenatural de levantarse y no mirar hacia atrás.
Descubrirse es el trabajo más arduo, pero es el único que vale la
pena.