Un auténtico poeta o, por decirlo al estilo antillano, un auténtico maestro de lo maravilloso. Ha logrado inscribir en el mapa existencial del hombre lo que hasta entonces no figuraba en él: los límites casi inaccesibles del erotismo feliz e ingenuo, los límites casi imposibles de una sexualidad tan desenfrenada como paradisíaca.
Friedrich Nietzsche (Rocken, 1844-Weimar, 1900) goza de un prestigio inusual, sólo comparable al alcanzado por Karl Marx y Sigmund Freud, los otros dos «maestros de la sospecha», al decir del hermeneuta Paul Ricoeur.
Pocos calificativos convienen mejor a su figura que el de filósofo trágico, en la medida que también lo fueron Epicuro, Lucrecio y Montaigne: un filósofo prendado de la vida, pero atrapado desde muy pronto en las redes del lenguaje, lo que le predispuso al rechazo del discurso tradicional, el lenguaje del todo, en favor del discurso fragmentado, el lenguaje de las partes.
Me alegro mucho cuando veo mujeres que comenzaron con 2,500 pesos de préstamos
y ya pueden estar tomando cien, trescientos, cuatrocientos mil, o sea, que han ido creciendo con la institución.
El trabajo no ha sido en vano, a veces dicen “por qué trabajan en los barrios, esa gente no entiende”, pero, al contrario, al fin y al cabo, los resultados se van teniendo y de ahí hoy tenemos grandes empresarias.
En los lugares donde trabajamos nuestras empresarias no tienen una educación formal,
si no se la damos, ellas no van a poder salir
de la pobreza.