Michel Houellebecq se ha ganado una reputación diabólica como agente provocador, pero lo cierto es que produce un deslumbramiento literario como muy pocos han conseguido en los últimos tiempos. Afrontar la obra de este autor descomunal -de los mejores de la literatura francesa de todos los tiempos, y eso es mucho decir- desde su imagen pública o desde los prejuicios personales de cada uno es otro error que se comete con demasiada facilidad. Muchos se aproximan a la obra de Houellebecq sin comprenderla. Sin entender que el planteamiento general del escritor francés es la decadencia del ser humano, en concreto, el individuo de la segunda mitad del siglo XX y el de comienzos del XXI. Lo acusan, por tanto, y lo odian, por los temas que trata: sexo explícito, violencia, machismo, racismo, islamofobia… Pero todos ellos son elementos con los que construye una obra que se interconecta y desemboca en un solo punto: la distopía cercana, próxima, porque mucho de lo que anuncia como apocalíptico ya convive con nosotros. Odiar a Houellebecq y criticarlo es lo sencillo. Lo complejo es prestarle atención y estudiarlo.
Exilios, migraciones, violencias, pero también abrazos y solidaridades, se cruzan en estos fragmentos en que el dolor que provoca el abandono del propio hogar busca transformarse en «una herida fecunda», como lo quería Clarice Lispector. La Historia con mayúsculas, la historia colectiva, atraviesa nuestra historia íntima, dejándonos marcas sobre la piel y los recuerdos. Y ahí están acompañándonos nuestros ausentes, nuestros desaparecidos, aquellos que no pudieron traspasar el umbral. Su huella está en nuestros huesos, sus voces en la nuestra. Tal vez por ello el dis-locamiento que provoca el exilio puede ser en-loquecimiento, quiebre del cuerpo y la lengua. Estas páginas hablan de la propia historia de exilio de la autora, Sandra Lorenzano, desde la Argentina de la dictadura hacia México, pero también de las historias de otros miles y miles de migrantes. Del Mediterráneo a las fronteras de Centroamérica, de los Andes a la selva colombiana, deambulamos por el fracturado sur del mundo. La geografía es una y múltiple.
«Tránsitos nos confronta con la experiencia de una obra poética revisitada donde los libros que la conforman constituyen ahora un solo volumen de transiciones temáticas y formales donde el sentido se construye a partir de resonancias y ecos entre poemas que inauguran aquí otra forma de estar juntos y de significar. Castillo Zapata desarma su obra y la recompone propiciando una conversación entre tiempos, ritmos y experiencias que nos hablan de la materialidad vibrante de una vida en la poesía».
Gina Saraceni
Este volumen es el primer tomo de un ambicioso estudio sobre la vida de José Lezama Lima, una de las figuras más importantes e influyentes de la literatura hispanoamericana del siglo XX. Además de una biografía rigurosa, es un retrato de la llamada «generación de Orígenes» y una reflexión sobre la cultura letrada en Cuba. La primera parte se concentra en el periodo 1910-1939 y está precedida por un análisis de la genealogía de Lezama y de los cruces decimonónicos entre la cultura cubana y la española, desde la guerra de independencia de 1868 hasta la fundación de la República. El autor se detiene también en las estancias cubanas de tres escritores fundamentales en la vida del joven Lezama Lima: Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez y María Zambrano.
Jaime Sabines (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1926-Ciudad de México, 1999), hijo de libanés y mexicana, fue el menor de tres hermanos. Desde sus primeros escritos procuró evadirse de las frivolidades y de los éxitos fáciles, de las apariencias impostadas, de las declamaciones pomposas y huecas; pretendía ser un poeta que contara los incidentes que rodean y se encuentran en las propias realidades, sus propias experiencias, sus vivencias internas o externas, sus más cercanas circunstancias existenciales. A lo largo de su vida, rechazó, desde su mocedad, a la burocracia y el periodismo como modus vivendi: prefirió vender ropa en Tuxtla o fabricar alimentos para ganado. Más tarde combinó la escritura con empleos como comerciante y político. Durante sus últimos años un accidente lo mantuvo postrado en cama y víctima de una innumerable serie de intervenciones quirúrgicas.
Pasados ya 500 años de su muerte, la figura de Thomas Müntzer sigue siendo extremadamente controvertida. Nació seguramente hacia 1489, en la región minera del macizo del Harz. De joven estudió teología en distintas universidades alemanas, para convertirse primero en párroco y luego en predicador de la Reforma bajo la influencia de Lutero.En los primeros años de la década de 1520 se separó sin embargo de los teólogos reformistas que habían apostado por la alianza con la alta nobleza alemana contra la corrupción de la Iglesia del papa de Roma. Preocupado desde siempre por la suerte de los más desfavorecidos, su teología se volcó entonces en las clases populares, para las cuales pensaba que la revelación de Dios debía ser tanto o más accesible que para los sectores nobles y cultivados. Trató de reformar la misa y la liturgia, así como de promover una predicación centrada en las preocupaciones y malestares del artesanado, los mineros y la amplia clase campesina de su tiempo.