Yákov Petróvich Goliadkin es un funcionario de bajo rango de San Petersburgo que, despues de que lo echen de una fiesta a la que no ha sido invitado, se encuentra, en medio de una tormenta, con un hombre con una apariencia que es exacta a la suya. Al llegar a casa, se lo encuentra sentado en su cama y al día siguiente en su oficina. Extrañamente, los dos hombres entablan una especie de amistad: cenan juntos e intercambian confidencias, pero pronto Goliadkin empieza a temer que conspira contra el y se reconcome porque ve que triunfa en sociedad. Ahora bien: ¿el doble es real? ¿Es una alucinación, una proyección? ¿Realidad y delirio están bien delimitados o se funden? ¿Goliadkin está loco desde un principio o se vuelve loco durante el relato? ¿El doble es causa o consecuencia de la locura? Todas estas preguntas han inquietado a la crítica y a los lectores de El doble (1846) durante casi doscientos años y seguramente sean la causa de que la novela, despreciada en su día y aun así una de las más famosas de Dostoievski, conserve su misterio.
Gengis Kan construyó un imperio terrestre formidable, pero jamás cruzó el mar. Sin embargo, cuando su nieto Kublai Kan conquistó la totalidad de China y fundó la dinastía Yuan, hizo lo que nadie esperaba: lanzó su imperio al océano, creó la armada más poderosa del mundo y transformó China en una potencia marítima global.
Kublai Kan es uno de los personajes más fascinantes de la historia. Llevó a matemáticos islámicos a su corte, donde inventaron la cartografía moderna y aprendieron a medir los astros. Transformó la mayor masa continental del mundo en un imperio unificado y económicamente próspero gracias a la invención del papel moneda. Lanzó una invasión contra Japón, fundó la ciudad de Xanadú e hizo de China el centro político de Asia al convertirla en un imperio marítimo. Sus barcos, de un tamaño y una tecnología que Europa tardaría siglos en igualar, prefiguraron las grandes expediciones de Zheng He en el siglo XV.
Cuando pensamos nuestra mente la sentimos como algo cambiante, que fluye y se nos escapa a cada momento, yendo más allá de nosotros mismos. Aunque compleja y misteriosa, la mente es lo más familiar y propio que tenemos, aquello con lo que cada uno se identifica. La mente es una colección de procesos que el cerebro hace posibles.
Vivimos en una era de crisis múltiples, que avanzan a diferentes ritmos e intensidades y definen nuestro presente. La crisis climática se acelera, mientras que la crisis social crece con el rechazo a la gentrificación y el auge de movimientos populistas. La crisis energética alterna momentos críticos con periodos de calma, y la de materias primas afecta las cadenas de suministro; a todas ellas ahora sumamos la crisis del agua potable.
Esta situación nos conduce a un choque inevitable con los límites de un planeta finito y la incapacidad de los poderes políticos y económicos para entender que seguir creciendo de forma perpetua es inviable. Pero, paradójicamente, cuando las empresas manufactureras priorizan la supervivencia al crecimiento, está claro que algo tampoco va bien.
Europa, particularmente vulnerable por su envejecimiento, la escasez de recursos y una industria superada por potencias como China y Rusia, enfrenta una rápida desindustrialización.
Es urgente encontrar soluciones sostenibles que aprovechen el verdadero potencial del continente. El futuro de Europa plantea el necesario debate sobre el modelo industrial y el futuro que nos espera en este contexto de crisis global.