Una defensa a la cultura de la libertad desde los conocimientos científicos hasta las tradiciones, usando como base el juicio crítico, las artes, los valores, las costumbres y los modos de vida. Desde este nuevo enfoque, Carlos Rodríguez Braun realiza un análisis sobre el liberalismo que va más allá de lo meramente económico, y nos ofrece una visión 360º de cómo influye en aspectos cotidianos como la Iglesia, el periodismo, la tauromaquia y la política, la desigualdad y la literatura. A través de estas páginas, nos transmite que la esencia de la cultura de la libertad es que «la libertad no ha de ser propiciada y defendida por sus benéficos efectos económicos, aunque los tenga». La libertad es buena de por sí, es buena por sí misma, independientemente de sus consecuencias. Porque la libertad no es un medio. La libertad es un fin. «Al afirmarse como soberano en el siglo XVI, la potencia expansiva del Estado alteró la trayectoria liberal de la historia de Europa y, en consecuencia, la de sus proyecciones extraeuropeas, determinada, como explica magistralmente Carlos Rodríguez Braun, por los Diez Mandamientos.
La gran divergencia arroja luz sobre uno de los grandes interrogantes de la historia: ¿por qué empezó el crecimiento industrial sostenido en el noroeste de Europa? El historiador Kenneth Pomeranz demuestra que ya en 1750 la esperanza de vida, el consumo y los mercados de productos y otros factores eran comparables en Europa y Asia Oriental. Además, ciertas regiones clave de China y Japón no estaban en peor situación ecológica que las de Europa Occidental, y cada región se enfrentaba a la correspondiente escasez de cultivos agrícolas.
Nuestro cerebro proyecta y valora, juzga y comenta, desea y rechaza, continuamente, las veinticuatro horas, siete días a la semana, trescientos sesenta y cinco días al año, sin parar, olvidándose de vivir la realidad y dedicándose a una vida ficticia, hecha de temores, preocupaciones y muchísimas expectativas. El resultado es el estrés crónico que moldea nuestro cerebro en una situación de permanente inflamación psicológica. El paleoneurólogo Emiliano Bruner indaga en el conflicto evolutivo que supone el exceso de rumiación y vagabundeo mental que afecta nuestra calidad de vida. La universalidad de los patrones de estrés y ansiedad apunta a que esta fragilidad humana tiene una base biológica, que se han forjado junto a otros factores a lo largo de nuestra historia natural. El superpoder de manejar muchas imágenes y palabras que ha supuesto una ventaja como especie, se convierte en una fuente de sufrimiento individual.
La mayoría de empresas invierten en talento para competir en la actual economía del conocimiento, pero el mejor talento se desperdicia si las personas no son capaces de expresarse. El instinto humano de «encajar» y «seguir la corriente» va en contra del flujo continuo de nuevas ideas, nuevas soluciones y pensamiento crítico necesarios para que las organizaciones sigan innovando. Aunque no todas las ideas son acertadas, la cultura de una organización no debe reprimir, silenciar, ridiculizar o intimidar.
Basado en los más de treinta años de investigación de Amy Edmondson, catedrática de Gestión y Liderazgo en Harvard Business School, este libro de valor incalculable ayuda a las empresas a abordar el lado humano de la ecuación de la innovación para crear un entorno de trabajo seguro, intrépido y capacitado para triunfar sin límites.
En estas páginas, James Hunter nos explicará los principios universales del liderazgo que nos permiten colaborar con los demás, ya sea en el trabajo o en el ámbito familiar, y cómo podemos mejorar la relación que tenemos con nuestros subordinados partiendo de estas bases:
No hay autoridad sin respeto.
El respeto no se funda en el miedo, sino en la integridad, la sinceridad y la empatía con el prójimo.
No podemos cambiar a nadie, solo podemos cambiar nosotros.
El trabajo lo hacen las personas, y no puede hacerse un buen trabajo sin cuidar las relaciones humanas.
Este libro nos enseñará que dirigir consiste, paradójicamente, en servir a los demás, porque un buen líder debe está pendiente de sus subordinados para atender sus legítimas necesidades, ayudarles a cumplir sus aspiraciones y aprovechar sus capacidades al máximo.
La sabiduría es la madre de todas las virtudes. La necesitamos para poner en práctica con lucidez el coraje, la disciplina o la justicia, porque la sabiduría nos da perspectiva, nos descubre la verdad, nos muestra cómo funciona el mundo y nos guía.
El discernimiento, esa habilidad crítica tan poco habitual, no es un don innato. La sabiduría se cultiva. La sabiduría se gana. La sabiduría se conquista con esfuerzo.