La vida en mi pequeño pueblo era tan estatica como
la de cualquier otro pueblo pequeño de mi país y de
América Latina, la movilidad era escasa, llegándose a
asumir que todos eran provenientes de una misma
tamilia
aunque los orígenes de cada habitante eran
tan distintos que con poco esfuerzo se pódía llegar a
la conclusion de que aquel no era un pueblo
sino un
resumen del mundo mi calle no era la excepción, todos los vecinos parecían haber unido sus destinos
al de la calle misma, cada uno era propietatio de su
en ella vivía; solo-los muchachos de vez en
cuando éramos capaces de violar sin miramientos la
privacidad de una distinta a la de nuestros padres-
en mucho tiempo no hubo ningún cambio
En el poemario Ladran los huesos de Virgilio López Azuán hasta los huesos ladran, los sapos se asustan de los búhos, las escopetas disparan plumas y un verso puede tapar el sol. Se trata de una poesía que lo arrastra todo, los mundos humanos y los que se perciben más allá de la exposición de la imagen, de esa imagen creadora. Una realidad a veces popular y a veces estilizada.
En Lágrimas de guerra, Stanislaw reafirma su estilo literario verdaderamente vanguardista, peculiarísmo, conciso, deslumbrante, y sobre todo: acrobático. Realmente Stanislaw es un acróbata de la palabra dentro de contexto literario. Juega con las palabras artificiosamente, sin temor a dejarla caer. Nos encontramos ante una especie de Fidias de la literatura. La narrativa de Stanislaw está enmarcada a lo que es una nuava técnica de escribir cuentos. Con la temática de esta obra, muy poco cultivada en la cuentística dominicana, Stanislaw presenta 9 historias verdaderamente conmovedoras, narradas en exquisitas maestría, y cuyos conflictos abiertos, pueden dejar en trance catártico a cualquier amante del género. Del Golfo Pérsico a troya, en cronológica retrospectiva, lágrimas de guerra es un testimonio épico que describe con psicológica sutileza las experiencias del soldado que regresa del campo de batalla trastornado por los efectos traumáticos de la guerra.
“Sentada en la esquina de una acera, Carmma, despemada y sucia, los vela alejarse rumbo a un lugar ya olvidado por ella porque se había borrado para siempre de su mente. Los miraba y era como si no los viera, no preguntaba nada. Marchaban hombres, mujeres y niños ansiosos, desechándola, ignorándola, mirándose unos a otros con una sonrisa apagada, tratando inútilmente de ocultar sus temores con una alegría que no era firme, no era sincera, no sabía las respuestas a las interrogantes que surgían de repente: ¿Y los que vendrán? ¿Quiénes vendrán y cómo?”