Agosto de 1944. Treinta y siete oficiales de inteligencia aliados, condenados a muerte, entran en el Bloque 17 del campo de concentración de Buchenwald. Entre ellos, el comandante Forest Yeo-Thomas, enviado especial de Churchill como enlace con los líderes de la Resistencia; el capitán Harry Peulevé, responsable de la SOE (red creada para sabotear y espiar a los nazis), y el teniente Stéphane Hessel, agente de los servicios secretos de la Francia Libre (y posteriormente célebre autor de ¡Indignaos!). Tres semanas después de su llegada, el jefe del bloque recibe una primera lista de hombres que van a ser ejecutados. Pronto les tocará a esos tres oficiales. Con la complicidad de la resistencia clandestina del campo, los tres trazarán un plan arriesgado: entrar en los mortíferos barracones donde se experimenta con una vacuna contra el tifus. Una carrera contrarreloj que dejará sin aliento a los lectores mientras viven los días de coraje, angustia y esperanza de un puñado de hombres atrapados en las luchas de poder de Buchenwald.
Dos explosiones enmarcan la novela: la primera se produce en 1943 en el pueblo de Corleone, cuando una familia manipula una bomba aliada que no ha explotado para desmontarla y venderla. Algo sale mal, la bomba estalla y mueren todos menos un niño. El superviviente es Totò Riina, futuro capo dei capi, el hombre que ordenará el asesinato de Falcone en 1992 con la segunda explosión del libro.
Para los Aliados occidentales, el 11 de noviembre de 1918 siempre ha sido una fecha solemne: el fin de los combates que habían masacrado a una generación, y también la reivindicación de un tremendo sacrificio, con el desmoronamiento total de sus principales enemigos, el Imperio alemán, Austria-Hungría y el Imperio otomano. Sin embargo, para gran parte del resto de Europa se trataba de una fecha carente de significado, ya que una interminable serie de terribles conflictos fue afectando a un país tras otro. En este libro, sumamente original y absorbente, Robert Gerwarth nos pide que volvamos a reflexionar sobre el verdadero legado de la Primera Guerra Mundial. En gran medida, lo que acabó siendo un factor tan desastroso para el futuro de Europa no fueron los combates en el Frente Occidental, sino las devastadoras secuelas de la Gran Guerra, a medida que los países de ambos bandos del conflicto original sufrían el azote de las revoluciones, de los pogromos, de las expulsiones masivas y de nuevos conflictos a gran escala.