¿Cómo se alcanza el poder?
¿Cómo conservarlo?
El poder puede cambiar de forma o pasar de manos, pero siempre está ahí.
Nicolás Maquiavelo escribió El príncipe pensando en los gobernantes de su tiempo, pero, como el coronel Pedro Baños nos revela, sus ideas se pueden aplicar a lo que hoy llamamos líder, ya ejerza sus funciones en la política, en el terreno militar, en la empresa o incluso cuando se trata de un liderazgo social.
Este sagaz diálogo que Pedro Baños mantiene con Maquiavelo a través de los siglos nos permite entender las maneras de obtener el poder, cómo ganar la confianza y el respeto de los ciudadanos, la importancia de las alianzas y la prevención no solo ante los enemigos declarados, sino también ante los propios amigos. Aunque los líderes actuales deben adaptarse a un mundo complejo, no les conviene olvidar los aciertos y errores del más prestigioso influencer de todos los tiempos: Nicolás Maquiavelo.
Cuanto más cruenta y violenta es una noticia, más llama la atención: La sangre manda. Así reza la máxima periodística que hará que Holly Gibney, la detective a la que Bill Hodges legó su agencia Finders Keepers, y que ya apareció en la trilogía Bill Hodges y en El visitante, se interese por la matanza en el instituto Albert Macready y acabe enganchada a las noticias. Esta vez deberá luchar contra lo que más teme... sola.
En «El teléfono del señor Harrigan» una amistad entre dos personas de distintas edades perdura de manera más que inquietante. La vida de Chuck nos ofrece una hermosa reflexión acerca de la existencia de cada uno de nosotros. Y en La rata un escritor desesperado se enfrenta al lado más oscuro de la ambición.
Cuatro relatos en los que Stephen King sorprende nuevamente a los lectores y los conduce a lugares intrigantes y sobrecogedores.
After being fired for taking an uncharacteristic risk at her commodities trading job, Bea Macon sublets her New York apartment and books a one-way ticket to stay with her mother, Christy, a free spirit who has been living in Salt Lake City on Bea’s dime.
Usually the responsible one, Bea isn’t about to admit exactly why she’s suddenly decided to visit, but she isn’t the only one keeping secrets: Christy has a man. She has a map. She has . . . a username on a forum devoted to unearthing $1 million in buried treasure hidden somewhere in the western US?
Bea is convinced this is just another one of her mother’s wild larks. But Christy believes she’s onto something—and she’s arranged a rendezvous in a rural town called Mercy with the guy she’s been obsessively trading theories with online to prove it. Out in the desert that one woman believes to be a promised land, the other a wasteland, Bea and Christy find themselves embroiled in a more high-stakes, transformative escapade than either could have imagined.
Dwight es un hombre con un sórdido trabajo de detective privado y un montón de recuerdos de emociones que podrían haber sido amor y de las múltiples maneras en que la fastidió. Dwight daría lo que fuera por salir del infierno gris y entumecido en que se ha convertido su vida. entonces, de repente, un día regresa su recuerdo más vívido y sangranteregresa Ava.
Despierto desorientada, turbada, en un espacio frío de no más de tres metros cuadrados. Estoy tendida en una cama desconocida, , envuelta casi por completo en gasas, con tubos que atraviesan mi piel y máquinas que registran lo que aún late dentro de mí. El aire es denso, impregnado del olor metálico de los instrumentos estériles, mezclado con un leve zumbido de monitores que no cesan de emitir su lenguaje incomprensible. De mi garganta brota un clamor desesperado, fuerte, casi salvaje, que rompe el silencio de la madrugada: ¿Dónde está mi hijo? El eco de mi propia voz me devuelve la soledad de la habitación, pero también me confirma que sigo viva. Ese espacio se convirtió en mi salvación, el cristal se volvió en ese puente de unión entre el mundo exterior y la Unidad de Quemados. Yo los observaba desde la cama y, aunque no podía tocarlos, sentía cómo su amor, su fuerza y su fe lograban atravesar la barrera del vidrio. Nunca me dejaron sola. Nunca dejaron de estar conmigo. Cada día, familiares y amigos acudían a ese patio que no podían atravesar, pero que se transformaba en punto de encuentro, en un escenario de abrazos a la distancia.